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El marxismo crítico

El marxismo crítico de Adolfo Sánchez Vázquez 

Por: Néstor Kohan  Rebelión
[Nota introductoria]
10-07-2011

Triste noticia. Se murió don Adolfo. Simplemente, un viejo maravilloso y un compañero entrañable… sencillo, humilde, sin poses ni puestas en escena…
En un comienzo, lo conocimos a la distancia, por sus libros. Luego, personalmente, en su departamento de México DF que era una gigantesca biblioteca. Corrían los primeros años ’90, cuando muchos (ex) «marxólogos» nadaban con la onda del momento y escupían sobre Marx, Sánchez Vázquez seguía remando contra la corriente y contra las modas del momento.
A diferencia de lo que sucede con muchos intelectuales, que es mejor leerlos pero no encontrárselos en vivo y en directo… con Adolfo pasaba algo muy distinto. Una persona muy cálida, amable, suave, siempre aconsejando con sabiduría. Siempre con un libro a la mano. Siempre con la palabra justa. Un viejo realmente muy querible.
Con una coherencia admirable, este militante comunista de la guerra civil y la revolución española de la década del ’30, continuó fiel a sus ideales de juventud en su exilio mexicano —adonde había llegado en 1939— hasta el último día. Un fragmento de historia viviente.
Las líneas que siguen fueron escritas hace algunos años, como presentación y prólogo a una antología que hicimos de sus escritos y publicamos en Argentina con el título Filosofía, praxis y socialismo (Buenos Aires, editorial Tesis 11, 1998). Vayan pues como homenaje a este militante revolucionario y MAESTRO de varias generaciones, de quien todos aprendimos y continuaremos aprendiendo en todos los sentidos. Hago mías las palabras de nuestro amigo Atilio Borón:
¡Hasta la victoria siempre, don Adolfo!
[Fin de nota introductoria]

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------La La euforia terminó. Ha pasado una década desde el bochornoso derrumbe del Muro de Berlín y de la cultura filosófica y política que lo legitimó.

El debate resurge. ¿Quién se acuerda hoy del triunfalismo liberal del filósofo-funcionario Francis Fukuyama? ¿Dónde ha quedado arrumbado el metarrelato legitimador del supuesto "fin de la historia"? Las discusiones sobre Marx y su herencia, sobre la revolución -fantasma, topo y espectro- y sobre la emancipación, vuelven a ocupar hoy el centro de la escena filosófica. Hasta Jacques Derrida, padre intelectual del desconstruccionismo, le dedica un libro a Marx y le replica al pragmático estadounidense Richard Rorty: "La emancipación vuelve a ser hoy una vasta cuestión. No tengo tolerancia por aquellos -desconstruccionistas o no- que son irónicos con el gran discurso de la emancipación. Esta actitud siempre me ha preocupado y molestado. No quiero renunciar a este discurso".1 Nuevamente volvemos a empezar. En ese contexto, entonces, nada más oportuno que releer a Adolfo Sánchez Vázquez (1915). Su obra representa para nosotros, marxistas argentinos de algunas generaciones posteriores, el despertar -en palabras de Kant- del sueño dogmático, la quiebra de esa "envoltura ontologizante" que había petrificado mundialmente la filosofía del marxismo tras el congelamiento de la revolución bolchevique en los años 30.
Hay silencios y ausencias que resultan sintomáticos. ¿Por qué hasta ahora no se lo había editado ni leído sistemáticamente en la Argentina? La razón principal consiste en que en la izquierda tradicional predominaron los rudimentarios manuales escolásticos del diamat y el hismat (materialismo dialéctico e histórico en versión soviética), así como los de factura althusseriana de Marta Harnecker. Hubo excepciones, sí, pero nunca llegaron a predominar. No podemos soslayar que a pesar de todo eso existieron recepciones fragmentarias y marginales de Sánchez Vázquez en revistas como Nuevos Aires en la década del 70 o Praxis en la del 80.2 Pero más allá de estos casos aislados, el gran obstáculo para su difusión en nuestro país fue sin duda tanto la antigua hegemonía del stalinismo político como la cerrazón doctrinaria de la academia universitaria local, reacia a cualquier corriente que osara cuestionar o remover su dirección sofocante y dogmática.
Ahora bien, este injusto silencio argentino sobre la obra de Sánchez Vázquez no fue el único. Por ejemplo Perry Anderson, a pesar de su erudición enciclopédica y de su característica rigurosidad (rayana en la obsesividad, sin duda imprescindible para cualquier investigador serio), inexplicablemente no lo menciona ni en Consideraciones sobre el marxismo occidental [1976] ni tampoco en Tras las huellas del materialismo histórico [1983]3, sus dos principales reconstrucciones del itinerario de Marx en el pensamiento occidental. Y eso que podría haber tomado en cuenta que Sánchez Vázquez es español de origen y que participó en la guerra civil española (aunque su obra filosófica se haya desarrollado en su exilio de México). Esa sorprendente e injustificada ausencia fue parcialmente remediada por Michael Löwy quien, si bien tampoco lo incluyó en su antología El marxismo en América latina (1980) -porque esta obra no estaba centrada en la filosofía sino en el debate sobre el carácter de la revolución latinoamericana- sí lo reconoce en 1985 junto a Lukács, Bloch y Benjamin como uno de los principales pensadores que supo poner en el centro del marxismo tanto la negatividad de la praxis anticapitalista como el sueño revolucionario del futuro sin el cual no existiría ninguna lucha presente.4
Creemos que aquel silencio de Anderson resulta injustificado porque precisamente la obra de Sánchez Vázquez se sitúa en el centro mismo del marxismo occidental. No sólo porque fue el introductor al castellano -en la colección Teoría y Praxis de editorial Grijalbo que él dirigió- de marxistas "heréticos" e indigeribles para el stalinismo como Mihailo Markovic y Gajo Petrovic, agrupados en torno de la revista yugoslava Praxis o también de los pensadores checos Jindrich Zeleny y Karel Kosik, sino además por la tonalidad de sus propias tesis reunidas en su Filosofía de la praxis (1967).5 La diferencia, en todo caso. de Sánchez Vázquez con el marxismo occidental europeo reside en que este último se constituyó en sus principales coordenadas teóricas y culturales a partir de una derrota (insurrecciones consejistas en Alemania, Hungría e Italia) y un aislamiento (Rusia bolchevique), mientras que el marxismo humanista de Sánchez Vázquez se estructuró a partir de la victoria de la Revolución Cubana y el espíritu continental de ofensiva política y teórica que ésta imprimió al pensamiento anticapitalista latinoamericano.
Filosofía de la praxis, que prolonga filosóficamente Las ideas estéticas de Marx (1965) y algunos artículos sobre los Manuscritos de 1844 aparecidos inicialmente en Cuba durante los primeros 60, marca entonces un quiebre en toda su trayectoria intelectual. A partir de la Revolución Cubana, de la invasión soviética a Checoslovaquia y de los ecos occidentales del informe Jruchov sobre los crímenes de Stalin, Sánchez Vázquez termina en ella de cortar definitivamente amarras con la cultura política y filosófica -que él compartía cuando trabajaba en la universidad junto al lógico Elí de Gortari- proveniente de la Unión Soviética. No ahora..., a fines de los 90, cuando resulta relativamente fácil someter a crítica aquella constelación ideológica, sino más de dos décadas antes de la caída del Muro.
Escrita en polémica abierta con la socialdemocracia y con el stalinismo, Filosofía de la praxis ubica la categoría de "praxis" como el núcleo medular, como el carozo esencial de la filosofía de Marx. Aun con ciertas tensiones a la hora de comprender el orden lógico-estructural de las leyes históricas que explica El capital (Sánchez Vázquez termina afirmando allí que esas leyes estructurales del modo de producción capitalista no son más que leyes y tendencias de la praxis), esta obra le devuelve al marxismo su frescura vital.
Desde esa perspectiva, critica al mismo tiempo las versiones que se autoproclamaban "ortodoxas" en nombre de la metafísica materialista, del determinismo y desde el cientificismo. Si el marxismo es, como postula Sánchez Vázquez, una teoría de la revolución y una filosofía de la praxis, entonces se desdibujan inmediatamente la ontología cosmológica (diamat soviético), la policía epistemológica (escuela de Althusser) y la continuidad lineal entre el empirismo de Galileo Galilei y Marx (escuela de Della Volpe y Coletti). Sólo desde este ángulo pueden articularse y conjugar sin abandonar ninguna, dirá nuestro autor, las distintas dimensiones del pensamiento de Marx: el conocimiento, la crítica y el proyecto transformador.
De este modo, por un camino propio y a partir de debates específicos, Sánchez Vázquez termina coincidiendo con las conclusiones de los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci -sobre todo con el cuaderno undécimo de crítica a Bujarín- y con los yugoslavos del grupo Praxis, a los que conocerá más tarde.
A partir de esta constatación, si hubiera que clasificar su obra –algo siempre incómodo y esquemático, por cierto- no podríamos dejar de incluirlo en aquel "izquierdismo teórico", humanista e historicista, tan vituperado por Althusser.6 En otro contexto y con otros debates de por medio, su obra prolonga la radicalidad totalizante del joven Lukács, de Korsch y en algunos aspectos también de Benjamin.
Esta lectura "izquierdista" que articuló en su Filosofía de la praxis tuvo ecos claramente identificables en el movimiento estudiantil mexicano que participó de las rebeliones de 1968 y que fue impunemente masacrado -una metodología que también se implemento en nuestro país- en la noche de Tlatelolco. También el diablo mostró su cola entre la militancia de izquierda encarcelada por aquellos años en la cárcel mexicana de Lecumberri. Años en los que, paralelamente a las heréticas tesis praxiológicas de Sánchez Vázquez, la difusión de Althusser en México comenzaba a cosechar sus primeros discípulos (A. Hijar, César Gálvez, Carlos Pereyra, entre otros, algunos de ellos alumnos de Sánchez Vázquez, como es el caso de Pereyra).
Atendiendo a ese particular clima filosófico que se iba gestando, años más tarde, en Filosofía y economía en el Joven Marx (1978) y en Ciencia y revolución, el marxismo de Althusser (1982) Sánchez Vázquez no perderá la ocasión de volver a la carga con sus críticas demoledoras. Si en el primero de estos dos trabajos desnuda todos los puntos ciegos del "humanismo" especulativo -desde Rodolfo Mondolfo a Erich Fromm, pasando por Herbert Marcuse, Maximilien Rubel, Fierre Bigo e Ivez Calvez-, en el segundo se ensaña impiadosamente con la otra gran tradición que hizo pie en la intelectualidad de México, epistemológicamente crítica de los soviéticos pero no menos dogmática, el althusserianismo. El envío de su libro Ciencia y revolución a uno de los discípulos franceses de Althusser (cuando éste ya estaba internado en la clínica psiquiátrica) motiva un sugerente intercambio teórico con Etienne Balibar, uno de los coautores de Lire le Capital (Para leer "El capital").
Esa fuerte diatriba antialthusseriana que atraviesa gran parte de la reflexión humanista y praxiológica de Sánchez Vázquez motiva en 1980 la crítica de un joven y desconocido estudiante mexicano de filosofía, por entonces seducido por la ampulosa prosa de Althusser y también de Foucault. Dirigido académicamente por Cesáreo Morales -a su vez discípulo de Sánchez Vázquez, luego althusseriano y hoy dirigente del oficialista pri (Partido de la Revolución Institucional)-, este joven e irreverente estudiante titula su tesis de licenciatura "Filosofía y educación. Prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México". En ella le dedica justamente una dura crítica al "humanismo teórico" y a "la filosofía de la praxis". Ese estudiante era nada menos que el futuro líder zapatista hoy conocido mundialmente como el subcomandante insurgente Marcos7, quien en una polémica con Adolfo Gilly en 1994 seguía reivindicando parcialmente la epistemología de Althusser.8
Si tuviéramos que enumerar, acordaríamos fácilmente en que Filosofía de la praxis; Filosofía y economía en el joven Marx-, el estudio previo de 1971 (editado recién en 1974) a los Cuadernos de París (las notas de lectura de Marx de 1844 anteriores a los célebres Manuscritos económico-filosóficos de París), Ética (1969, donde Sánchez Vázquez comienza a criticar las posiciones del marxismo analítico, tarea que prolongará años más tarde), Las ideas estéticas de Marx, los dos imponentes volúmenes Estética y marxismo (1970); Ciencia y revolución y Del socialismo científico al socialismo utópico (1975) constituyen probablemente sus principales libros. Una producción más que prolífica.9
De toda esta inmensa obra creemos necesario focalizar la mirada en dos de sus últimos textos: Filosofía, praxis y socialismo y De Marx al marxismo en América latina. En estas dos recopilaciones emerge en primer plano la crítica del europeísmo y el rescate del marxismo latinoamericano de Mariátegui y el Che Guevara -que no equivale al marxismo "importado en América latina", como alertaba con justeza Pancho Aricó-. Un marxismo silenciado que no encajaba en los pétreos moldes de la otrora "ortodoxia" oficial.
En el horizonte de esa herencia disruptiva se inscribe su reivindicación del Che, no limitada al mero símbolo-afiche-imagen con el que el mercado y sus industrias culturales hegemónicas pretendieron neutralizarlo durante 1997, a treinta años de su asesinato. Por el contrario, la revalorización del Che que realiza Sánchez Vázquez incursiona en las vetas menos conocidas de su pensamiento más profundo, como pensador de la praxis e incluso estéticamente como crítico del realismo socialista. Una reivindicación que tampoco es tardía sino que ya estaba presente en su obra en aquellos fogosos y esperanzados años 60, en los cuales Sánchez Vázquez sentenciaba con no poca razón que el trabajo de Guevara "El socialismo y el hombre en Cuba" era "una de las aportaciones teóricas más valiosas que pueden encontrarse sobre la concepción marxista del ser humano".10
Nada más lejos entonces de la casualidad el hecho de que si para Althusser resultaba condenable el "izquierdismo teórico", humanista e historicista del Che, para la filosofía de la praxis de Sánchez Vázquez ese mismo humanismo anticapitalista daba justa y certeramente en el blanco.
En cuanto a Mariátegui, "primer marxista de América" (Antonio Melis dixit), Sánchez Vázquez recupera lo más filoso de su herejía, opacada en América latina durante los años oscuros del stalinismo y resurgida con ímpetu durante los mejores momentos de la Revolución Cubana. Herejía que planteó ya en los 20 un "marxismo contaminado", es decir, no un amurallamiento teórico sino un diálogo permanente y fructífero con otras tradiciones -F. Nietzsche, G. Sorel, H. Bergson, entre otros- de filosofía. Meritorio rescate del amauta a pesar de que Sánchez Vázquez no se formó inicialmente con él (sus primeras lecturas y contactos teóricos con el autor de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana probablemente se hayan originado en una recomendación de César Falcón, amigo y compañero de Mariátegui).
También se destaca en estos últimos libros la aguda e impostergable critica del autodenominado "socialismo real". Pero nuevamente no post festum, al estilo de muchos dogmáticos recalcitrantes que "descubrieron" los crímenes stalinistas, la falta total de democracia y las deformaciones burocráticas de los regímenes euroorientales después de desaparecida la urss, volcándose graciosa y elegantemente en los seductores brazos de la socialdemocracia europea. La crítica de Sánchez Vázquez fue formulada cuando la urss estaba todavía de pie y el dogma gozaba aún de buena salud.11 Y si bien es verdad que en alguno de sus escritos posteriores su cuestionamiento se extiende e incluye también a Lenin y a Trotsky -probablemente su tesis más discutible desde nuestro punto de vista-, el grueso de su artillería está apuntada al blanco stalinista.
Finalmente, en estas reflexiones de madurez emerge una puesta entre paréntesis tanto del marxismo dieciochesco, ilustrado, cientificista y claramente deudor de la modernidad, como del pensamiento débil posmoderno. Las coordenadas actuales de una crítica radical de la modernidad presuponen también una crítica del posmodernismo (no quizá como descripción de una sensibilidad epocal sino en tanto ideología que prescribe la muerte de todo proyecto emancipatorio). La reconstrucción de un marxismo abierto y no dogmático de cara al siglo xxi se juega en ese doble, frágil y al mismo tiempo apasionante desafío.
Por todas estas razones consideramos que su verbo y su pedagogía centrada en la difusión de un marxismo crítico es la mejor garantía de que el hilo de continuidad del pensamiento revolucionario latinoamericano no se corte.
Una tradición, pensaba Gramsci, se construye y se sostiene con la continuidad de los cuadros culturales e intelectuales. La vitalidad reflexiva que mantiene Adolfo Sánchez Vázquez en estos múltiples ensayos a sus más de ochenta años constituye seguramente el mejor reaseguro de que la llama no se extinga, de que el fuego no se apague en esta época de vientos fuertes, de tormentas conservadoras mundializadas, de pensamiento débil y moral flácida.
Esa obra que todavía merece ser largamente repensada y revalorada en su conjunto (incluyendo tanto los libros sistemáticos como sus pronunciamientos coyunturales y ensayos políticos) representa sin duda el mayor aliento intelectual de aquel marxismo que sufrió y combatió en la revolución española, la última ola de la ofensiva anticapitalista que se abre en octubre de 1917, asiste a la tragedia de los levantamientos italianos, alemanes y húngaros de los años 20 y culmina trágicamente en los 30 en España. Un marxismo que al mismo tiempo, por esas vicisitudes aleatorias de la historia, se engarza -exilio mexicano mediante- con la ofensiva que en nuestra América abre la Revolución Cubana.
Sánchez Vázquez se convierte de este modo en uno de los principales goznes, en una de las imprescindibles bisagras intelectuales y morales que mantienen la continuidad entre aquel fulgurante e incandescente marxismo europeo de los años 20 y primeros 30 -luego pisoteado, apagado y aprisionado mundialmente por la cerrazón stalinista- y ese nuevo e irreverente marxismo latinoamericano que se abre a partir de la década del 60 y continúa hasta hoy.
Su vida y su obra cabalgan entre estas dos olas, entre estas dos ofensivas por tomar ese cielo, que tan porfiadamente resiste nuestros asaltos. Vivió, gozó y sufrió ambas esperanzas. Y como tal las lega, con la lucidez y la agudeza de sus escritos y sus análisis, a las nuevas generaciones que continuarán —continuaremos— esa lucha en el nuevo siglo. En la Argentina y en México, en América Latina, en Europa y en todo el mundo.


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Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.